Con un gran despliegue de imaginación y artistas, un momento de luto y una dificultad técnica al final, se inauguraron los Juegos Olímpicos en Vancouver.
La noche de este viernes el mundo entero volvió a unirse gracias a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno en su XXI edición.
Con un conteo regresivo que iluminaba todo los asistentes, dio inicio la fiesta en la que se recordaron las pasadas sedes olímpicas.
El evento cobró vida de gran manera cuando al centro del estadio, se erigieron cuatro tótems de hielo, representando las cuatro naciones pioneras que formaron Canadá. Al centro de las esculturas, un tambor gigante abrió a paso a cientos de nativos de todas las tribus que habitan el país.

Contrario a la tradición, aquí se presentaron a todas las naciones participantes antes del gran espectáculo. La mayoría de los 82 países contaban con selecciones de entre 1 a 50 atletas, siendo las pocas numerosas: China (90), Noruega (99), Japón (104), Suecia (108), Francia (108), Italia (109), Suiza (146), Alemania (154), Rusia (178), Canadá (206) y Estados Unidos (216).
México estuvo presente en la ceremonia con Hubertus von Hohenlohe (su único seleccionado) y su cuerpo técnico.
Entre los momentos más representativos de la marcha de los países, destacó Ghana en su primera aparición en unos juegos invernales, así como Irán presentando a la primer mujer seleccionada de su historia.
Georgia recibió la ovación más emotiva de la noche, como un gesto de solidaridad por la muerte de uno de sus atletas mientras entrenaba unas horas antes de la ceremonia.
El show dio inicio con la canción de bienvenida a los atletas, la cual fue interpretada por los cantantes canadienses Nelly Furtado y Bryan Adams.
Con una nevada bajo el techo del estadio, comenzó a contarse la historia de Canadá, retratando la llegada de los refugiados que se asentaron en la región ártica. Sobre la mirada de estos primeros habitantes, se iluminó una sorprendente y hermosa aurora boreal, la cual dio indicio de la imaginación que marcaría a esta ceremonia.
Todo el estadio comenzó a llenarse de luz, con la ayuda de los asistentes y pequeñas linternas, representando las noches estrelladas de Canadá. En este momento aparecieron grandes constelaciones de estrellas, representando al águila, el búfalo y el lobo.
Del cielo y el norte pasamos a los océanos, donde con la mezcla de la tecnología 2D y 3D, la superficie se convirtió en un mar lleno de ballenas orcas. Momentos después, cientos de salmones invadieron el lugar para elevarse por los aires y convertirse de tótems, al árbol de la vida.
En este momento, la cantante Sarah McLachlan interpretó el tema Ordinary Miracle, tomando el escenario de bailarines contemporáneos con una memorable coreografía.
La tercera parte del espectáculo fue titulado Ritmos del Otoño, la cual presenta la mezcla de las culturas en Canadá. Con una canoa flotando por el escenario bajo una luna llena, se contó la leyenda franco-canadiense del violinista que luchaba contra su sombra, dando paso a la caída de las hojas de otoño.
El escenario se cientos de bailarines y músicos, los cuales con ritmos irlandeses, escoceses, asiáticos, rusos y gitanos, representaron la multicultura canadiense.
Pasando por las praderas, la ceremonia nos trasladó hasta las montañas rocallosas. Con las grandes montañas alzándose de la superficie, decenas de acróbatas volaban por los aires mientras que cientos de patinadores se deslizaban alrededor de la pista. Todos representando a cada una de las disciplinas olímpicas.
El final del espectáculo estuvo lleno de luces y sonido. La Ciudad de Cristal fue el tema de esta sección que muestra a un Vancouver metropolitano y actual. Acto seguido, la cantantautora K.D. Lang, ofreción una emotiva interpretación del tema Hallelujah de Jeff Buckley en un espacio dedicado a la paz mundial.
Y el momento llegó. Tras doce mil portadores de la antorcha, el fuego olímpico llegó al estadio. Con un falla técnica, tres brazos mecánicos (el cuarto no funcionó) se elevaron del suelo a mitad del escenarios, los cuales al unirse llevaron la llama al pebetero.
Como este caldero olímpico se encontraba dentro del estadio, la llama tuvo que dar un viaje más. Su destino final fue una replica de doble tamaño del primer pebetero, el cual se encuentra en las instalaciones olímpicas.
Y fue así como con sólo la tercera parte del presupuesto que tuvo Beijing 2008 (entre 30 a 40 millones de dólares), Vancouver nos ofreció una hermosa y emotiva ceremonia digna de recordar.
Fuente: elestatal.com





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